lunes, 9 de mayo de 2011

Ya es hora, amigos

Pedro y Francisco son dos jóvenes emprendedores. Son creativos, trabajadores y tienen en común una empresa. El Ayuntamiento les encarga un trabajo importante (importante para ellos, al menos) y ellos lo hacen, y lo hacen muy bien, pero el Ayuntamiento no les paga su trabajo. Esperan y esperan, pero no cobran. Sí tienen que pagar, eso sí, los impuestos municipales: ellos dan su dinero al municipio, como debe ser, pero éste, encargado de protegerles, ha llegado a ponerles al borde de la ruina. Lo peor, me dicen, es que cuando llaman para preguntar por la deuda, no sólo jamás se les ha puesto al teléfono un concejal, sino que, además, quien les atiende les trata mal, como a unos pesados.
Flora tiene un bar, un bar pequeñín con el que salir adelante mientras prosigue sus estudios. Lo puso con ayuda de sus padres, trabajadores a los que les costó mucho ahorrar lo suficiente. Lo abrió con todas las licencias en regla, lo ha mantenido con mucho esfuerzo, capeando a duras penas la crisis y la ley antitabaco, hasta que un inspector de Turismo le dice que tiene que hacer otro servicio. El bar está en una calle por la que jamás ha pasado un turista (ni perdiéndose) y doy fe de que nunca, en los muchos ratos que he pasado allí, se ha dado la circunstancia de que alguien vaya al servicio y lo encuentre ocupado. La obra no sólo es demasiado costosa para ella sino que, además, se llevaría prácticamente la mitad del diminuto bar. Es la ruina, se lamenta, pero la ley es inflexible.

Ahora me entero de que la Junta, que gastó 30 millones de euros en el Musac, otros 5 millones de euros en la colección y dos millones y medio en la gestión cada año, pone en la calle a las dos trabajadoras de Pequeamigos (las actividades infantiles), una de ellas embarazada, después de seis años de chapuzas laborales: contratadas por empresas intermediarias, autónomas... y ahora, a la calle el 30 de junio. Puedo decir que, en mi opinión, el Musac es lo mejor que le ha pasado a León en mucho tiempo, ha abierto en esta ciudad de jubilados una puerta al mundo, y las actividades infantiles son, sin duda, las mejores de la ciudad, las más creativas e interesantes y quizá las únicas que se toman en serio a los niños y ponen ante ellos a verdaderos maestros y a estas dos chicas que han mostrado siempre una entrega magnífica.
http://3.bp.blogspot.com/_S0cZzlbUQ2Q/TGVNwrk10MI/AAAAAAAABRY/rugNvU8NfGI/s1600/IMG_2867.jpg
Los tres casos son, en el fondo, el mismo: ejemplos de una política absolutamente deshumanizada, en la que el dinero sólo es para hacer grandes obras que alimenten el ego de los dirigentes de turno y para perpetuarse a través del clientelismo, dejando en la cuneta a los ciudadanos y ciudadanas que les mantienen... ¡Mierda, ya es hora de dejar de mantenerles!

sábado, 23 de abril de 2011

Indignada, no harta

He estado en paro tres veces. Las tres veces he mantenido una actividad bastante intensa en distintos ámbitos: aprendí cosas nuevas, escribí, fui madre, di mil vueltas a mil y un proyectos fallidos... pero en los tres casos, el tiempo que viví y las cosas que hice fueron en otro mundo, un mundo subterráneo al que apenas llega la luz exterior y del que apenas sale el eco de tu voz. Nadie te oye cuando estás en ese pozo y tú no ves a nadie allí. Al principio es la gente la que empieza a alejarse de ti: las llamadas se hacen poco frecuentes, los encuentros son más esporádicos (los demás están más ocupados que tú) y las conversaciones se tornan incómodas porque a nadie le gusta hablar de su trabajo a alguien que no lo tiene, pero tampoco preguntan demasiado para no tener que escuchar un montón de problemas que no está en su mano solucionar. La gente que te conoce menos, te evita, temerosa de que le pidas algo o de que se lo contagies o, sencillamente, porque tú ya no estás, ya no perteneces, ya no eres.
Luego eres tú la que se aparta. Dejas de frecuentar los mismos lugares de antes y, por tanto, dejas de ver a las que personas que antes veías; sales, en todo caso, menos, porque no puedes gastar el dinero que antes gastabas. Las conversaciones personales dejan de interesarte, porque los problemas de los demás ya se parecen poco a los tuyos.
El caso es que, cuando un día miras a tu alrededor, te das cuenta de que te has quedado sola.
Es difícil, lo comprendo, estar con una persona en paro, porque el intercambio es desventajoso: tú tienes que recibir su llanto y tienes que darle tu alegría. (Así es. ¿Qué necesita un parado?: alguien que escuche sus penas y que luego le lleve de juerga. ¿Alguien se ofrece?).
Pero creo que lo peor es la siguiente fase, en la que a las gente deja ya de importarle todo. Se acaba el combate diario en el bar por hacerse con un periódico: sencillamente, ya no interesa lo que sucede. Ya no importa más que el difícil día a día y, desconectado del mundo exterior, dar la espalda es lo único que queda por hacer. ¿Y cómo se da la espalda a una sociedad que te ha excluido injustamente? Pues no votando.
Yo no he llegado a esa fase, porque creo que el sistema que me ha excluido es el mismo que me empuja a esa actitud pasiva que, sin duda, le conviene. Yo estoy indignada, no harta. Y creo que hay que hacer lo posible por mantenerse en este punto, porque si los parados de todo el mundo votaran, las cosas serían muy diferentes.

lunes, 18 de abril de 2011

¡A sembrar una sociedad diferente!

El siglo XX fue el siglo del éxodo del campo a la ciudad. Al calor de la revolución industrial, los campesinos abandonaron un trabajo al que apenas había llegado la mecanización, dependiente en exceso del cielo y socialmente devaluado por un trabajo que, a su vez, significaba mejoras en su forma de vida: acceso a servicios sanitarios, educativos, de ocio... En fin, todo esto es archisabido. El caso es que el brillo del desarrollo terminó deslumbrando a las siguientes generaciones que, ahítas de un trabajo rutinario, de un entorno que no resultó tan enriquecedor como socialmente desigual, de la contaminación y la desconexión con la naturaleza; de modo que a finales de siglo se inició una tímida vuelta de la ciudad al campo, mucho menos espectacular porque mejorar el nivel de vida ejerce una atracción mucho mayor que mejorar la calidad de vida en el común de los mortales.
La crisis, sin embargo, creo que provocará un efecto muy diferente. Ya no habrá huída del campo a la ciudad ni vuelta de la ciudad al campo sino la unión de ambas formas de vida. Por un lado, los pueblos seguirán urbanizándose, de modo que, mientras desaparecen de forma inexorable los pequeños núcleos, crecerán los medianos, convirtiéndose en pequeñas ciudades. Mientras tanto -y esto es lo más novedoso- apuesto firmemente por la ruralización de las ciudades. Ya hay experiencias que crecen y se multiplican de forma pausada pero decidida, sobre todo la extensión de los microhuertos urbanos, la conversión de los solares de las ciudades en granjas ecológicas, la proliferación de huertos ecológicos en terrazas y balcones, y la creación de mercados ecológicos en las calles de las ciudades. Países como Alemania o Inglaterra y ciudades como Nueva York (http://www.greenguerillas.org/) están marcando la pauta, que va prendiendo ya en Madrid y Barcelona. Creo que no tardará en extenderse a las demás ciudades y será un proceso muy interesante.
Espero que los nuevos ayuntamientos que sean elegidos el 22 de mayo lo tengan en cuenta y lo alienten. No sólo acerca dos mundos hasta ahora contrapuestos sino que, además de saludable, es una buena receta para afrontar la crisis, desde el punto de vista económico y de un necesario cambio de mentalidad.

sábado, 9 de abril de 2011

Vuelven los guettos

Cada día, seis familias leonesas reciben la orden de embargo de su piso: seis familias que se quedan en la calle y, para colmo, tendrán que seguir pagando el piso que ya no tienen; 250.000 familias en todo el país, en los últimos cuatro años. Parece obvio que el problema de la vivienda, como primera consecuencia del paro, es tan acuciante que debiera ocupar la mayor parte de la mente, el tiempo y los programas electorales de los políticos. Pues bien, al fin surge una respuesta: la de la Junta de Castilla y León, pero no creo que haya sido producto de una larga reflexión, pues no es sino la que históricamente se ha dado: creemos un guetto para pobres; a saber, un bloque de viviendas para que vivan quienes no tienen donde vivir.
El problema es, en mi opinión, el de siempre: el alejamiento de los políticos de la realidad social. Es el mismo que hace que los eurodiputados vean con malos ojos pasar menos de cuatro horas en un avión si no van en primera clase. Rodeados de aduladores (ésa es la primera medida que toma un aspirante a cargo público), de poderosos con los que rápidamente se asimila (aunque él no sea más que un títere en manos de los verdaderamente poderosos) y de privilegios, son capaces de ponerse en lugar de la mayoría de personas a las que representa.

 No hace falta pensar demasiado (sería pedir demasiado a estos políticos tan ocupados en mimar su imagen), sólo informarse, y encontrarán muchas fórmulas para garantizar el derecho a una vivienda sin tener que recurrir a construir un guetto con el que sólo hace un favor al constructor.Antes que construir, ¿por qué no utilizar las casi 50.000 viviendas vacías que hay en la provincia? ¿Por qué no poner en marcha una sociedad pública que gestione el alquiler de esas viviendas? ¿Por qué no actúan los ayuntamientos para avalar a los propietarios o inquilinos insolventes?

¿O por qué no se van el presidente, consejeros y demás altos cargos de la Junta a vivir a un guetto de viviendas sociales en el culo de la ciudad?

 http://www.la-cronica.net/2011/04/08/leon/leon-contara-con-155-viviendas-para-personas-con-dificultades-o-excluidas-116259.htm

jueves, 7 de abril de 2011

Banca Pública frente a bancos públicos


Imagina que el que está en el banco es uno de los directivos de las cajas, premiado así por haber sido un profesional tan competente que supo prever y evitar lo que ahora está sucediendo; o uno de los políticos que ha sustituido su papel de representante de los intereses generales por el del cacique que emplea el dinero ajeno para hacer alarde de su poder y, de paso, dejarse querer con privilegios en forma de sobresueldos y viajes de lujo... Pero como no es el caso ni lo va a ser... http://www.attac.es/bancapublica/

miércoles, 23 de marzo de 2011

El juego de los trileros

Para alguien en paro, la información económica termina enganchándote como las revistas del corazón a las marujas y los marujos: se empieza por las páginas con los anuncios de empleo, sigues hojeando el resto con un ojo mientras el otro no pierde de vista a los periódicos locales que los jubilados no sueltan ni a tiros, y terminas tan aficionada a los devenires de Botín o de Martínez Núñez como quien sigue una telenovela de ésas de ricos y famosos o de las familias de la mafia.
Y, dentro de la información económica, la de bancos y cajas cobran especial interés porque, al fin y al cabo, ahí es donde tenemos nuestras deudas, de modo que una siente que los números rojos los llevas grabados en la piel como los de un reo (¡36 euros me ha cobrado Caja España por un descubierto de 39! ¡Cómo no voy a interesarme por los avatares de esta entidad que utiliza dinero público para sus negocios, para los sueldazos de sus directivos, las prebendas y jubilaciones de nuestros políticos y sus migajas sociales!)... por no hablar del dinero que nos cuesta un presidente al que se pagó como tal, después se le pagó aún más para que se fuera y después más aún para que volviera a ser presidente.


Sin embargo, por mucho que una devore las noticias que conciernen a ese sector, es prácticamente imposible saber nada: no sólo por lo que no cuentan (el 49%), sino por lo que mienten (el 51%). Y entre ocultaciones y mentiras, manipulan a la opinión pública de forma realmente apabullante. Buena muestra de ello son las recientes fusiones de las cajas de Castilla y León. Hasta hace dos días, casi literalmente, que León se mantuviera como sede era objetivo absolutamente irrenunciable; en un abrir y cerrar de ojos, en cuanto el Gobierno ha dicho "¡a ver esas cuentas!", la sede de Caja Burgos se ha ido a Sevilla, la de Caja Círculo a Zaragoza, las de Caja de Ávila y Caja Segovia a Madrid y las de Caja España (el dinero de los leoneses) y Duero (Salamanca), a Málaga. ¿Y alguien ha puesto el grito en el cielo... Alguien ha dicho siquiera una palabra...? No, por supuesto: sencillamente, han dejado de hacer el paripé y, antes que decir la verdad, han preferido callarse.
El caso es que, como en el juego de los trileros, nuestros dinero estaba en un cubilete y ha pasado al otro sin darnos cuenta. Y lo peor es que, esté donde esté, se lo queda el trilero.
Dice John Lanchester, en la más sencilla y completa explicación de la crisis que he leído (el libro "¡Huy! Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar"), que los bancos insolventes que se mantienen activos son "bancos zombies"; aparecieron en Japón a partir de 1989 y ahora en todo Occidente. Existen por la benevolencia de los Estados hacia los bancos (y, por supuesto, cajas) y el problema es que "con los zombis de las películas de terror es relativamente fácil tratar: no tienen inversores, no contratan grupos de presión, no donan fondos a partidos políticos y no pueden coger el teléfono y atemorizar a políticos importantes. Los bancos zombies no tienen ninguna de esas loimitaciones y son mucho más problemáticos. Y, a diferencia de los zombies, son reales".
¡Pues que no se vayan: que se nacionalicen o que desaparezcan!

viernes, 4 de marzo de 2011

Aprender del pasado

Ésta no la primera crisis económica ni la última que nos queda por pasar. Todo el mundo ha señalado una ventaja: reconducir la sociedad de consumo. Aunque ese tipo de argumentos repatean cuando se utilizan como consuelo, es cierto si se plantean como tema de reflexión. Es cierto que en muy pocos años la sociedad de consumo, libre prácticamente de límites a todos los niveles (falta de límites que, precisamente, provocó la actual crisis) había adquirido un ritmo vertiginoso. Los ancianos de hoy que nacieron en aldeas, prácticamente nacieron en una sociedad medieval (o anterior, si consideramos que aún utilizaban el arado romano) y han envejecido en la era tecnológica: siglos de civilización en una sola generación. Sin duda, habrán sentido vértigo, pero se han adaptado bien, porque hacia adelante siempre se camina con cierta facilidad.
Ahora, sin embargo, nos toca ir hacia atrás, lo cual no quiere decir que haya que volver a un estadio ya superado, sino que hay que recoger las cosas necesarias que se nos cayeron en esa loca carrera y quedaron tiradas en el camino. Con ellas, tendremos que construir una sociedad distinta que, si lo hacemos bien, podrá ser mejor que las anteriores. Políticamente, yo creo que eso supondrá cambiar el panorama de forma bastante drástica y evitando graves peligros. Desde luego, hay que jubilar a la mayoría de los políticos actuales: unos permitieron la crisis soltando alegremente las riendas que les correspondía sujetar, dejación que lo mismo da si se hizo por incompetencia, corrupción o ideología; otros no han sido capaces de volver a hacerse con ellas. De modo que necesitamos nuevos políticos dispuestos a serlo de verdad, es decir, a regular los mercados y a controlar la excesiva ambición (la del pequeño ladrón y la del gran empresario, la del estafador de poca monta y la de los banqueros), pero con sumo cuidado de no caer en manos de políticos aventureros, demagogos o salvapatrias que, en tiempos de crisis, suelen proliferar como hongos venenosos.
Partamos de cero: o los partidos jubilan a sus líderes y buscan realmente personas pegadas a la realidad y con vocación de dejarse la piel en el servicio público, que no en la contienda partidista, o echemos abajo a los partidos actuales y busquemos otras propuestas.


Y todo esto venía a cuento de un recetario, lo juro. Lo que yo quería decir es que tenemos que volver la vista atrás, aprender de generaciones pasadas cómo gastar lo mínimo en comer, incorporar todo lo aprendido desde entonces (sobre salud y hábitos saludables, quiero decir) y con eso, inventemos nuevos platos.
http://www.consumer.es/web/es/alimentacion/aprender_a_comer_bien/adulto_y_vejez/2011/02/25/199144.php

martes, 1 de marzo de 2011

La bolsa de los hindúes

En La India, casi todo el mundo lleva algo en la mano: unos pocos, un maletín; la mayoría, una bolsa de plástico. Van con ella por las calles, caminos y carreteras. Se levantan, cada mañana, cogen su bolsa y salen de casa, camino de alguna parte, buscando qué meter en la bolsa. Allí donde ven que pueden ser útiles, se ofrecen, trabajan a cambio de algunas rupias, que guardan en el bolsillo, o de comida u otro bien, que guardan en la bolsa de plástico. Si hace falta, piden algo que meter en su bolsa para llevar a casa esa noche.

 Pues bien, la vida de un parado o parada en España empieza a ser así. Se levanta una y coge su bolsa de plástico y, a partir de ahí, a "caminar", la mayor parte del tiempo por Internet (Infojobs, Infoempleo...), otras veces por el móvil, revisando una y otra vez los números de amigos y conocidos que pueden haberse enterado de una oferta de trabajo; otras, de bar en bar, donde, cada mañana, se entabla una larga y tediosa pelea por hacerse con un periódico tras otro a la caza y captura de alguna idea, más que oferta; en el itinerario están también la Oficina de Empleo y su tablón de anuncios (de los que, normalmente, sólo uno se ajusta mínimamente a lo que una podría hacer, pero ése justamente es en Bruselas o se exige ser un discapacitado) o las oficinas de orientación de empleo, autoempleo, subempleo, pseudoempleo... 
El caso es encontrar algo que meter en la bolsa antes de llegar a casa, siquiera una pequeña esperanza, un propósito o, la mayor parte de las veces, trabajos que ni siquiera son remunerados: pequeños encargos, trabajitos por Internet, prácticas, cursos...
En mi sector, el de los medios de comunicación, que entró en crisis mucho antes de que estallara la crisis financiera o la de la construcción, hace tiempo que he visto este proceso. Los periódicos ofrecían contratos con sueldos decentes, pero sin ningún derecho laboral, como el cobro de las miles de horas extra o, incluso, los derechos legales, como las vacaciones o el día y medio de descanso semanal. Cuando empezaron a proliferar las emisoras, la situación empeoró notablemente, y entonces ni siquiera se respetaba lo del sueldo, pues en la mayoría de los casos estaba sujeto a la entrada de publicidad (algo profundamente inmoral en un trabajo, el periodístico, que debe estar totalmente al margen de los intereses empresariales) y, de pronto, empezaron a proliferar las televisiones locales, y entonces ya fue el sumum; recuerdo una, en Burgos, que no sólo no pagaba a sus redactores y cámaras, sino que, incluso, les cobraba, pues tenía licencia como academia y sus trabajadores, aún con la carrera terminada y cierta experiencia laboral, eran considerados alumnos que tenían que pagar una matrícula a cambio de la posibilidad de ser contratados algún día.
Temo que el empleo vaya a ser así en los próximos (muchos) años: un constante buscarse la vida, ir de proyecto en proyecto, levantando piedras bajo las que encontrar, a veces nada, a veces algo. Mientras los sindicatos pelean por los convenios, quizá los contratos se vayan convirtiendo en especies en extinción y hasta el subempleo sea un lujo que pase a ser sustituido por una especie de escaramuzas laborales

jueves, 17 de febrero de 2011

Estafar a los estafadores

Mirando y remirando las ofertas de empleo sólo aparecen comerciales (en época de crisis, en la que es tan difícil vender nada, urgen vendedores), algún que otro informático (no requiere explicación) y teleoperadores, que es una clase particular de comerciales. No hay más que acercarse a Telemark o Transcom en hora de salida para ver las legiones de leoneses y, sobre todo, leonesas, que trabajan allí.
El trabajo en si consiste, básicamente, en intentar estafar a la gente, puesto que se trata de convencerla para que compre algo al margen de sus intereses, pero lo más curioso de este tipo de trabajo es que el estafador es el primer estafado.

Asisto a una entrevista de trabajo en un teleoperador desconocido, que tiene su sede en un pequeño local cerca de Santa Ana. Al parecer, se nos ha convocado a varios candidatos. Tras una larga espera sin explicaciones, en un pequeño despacho, aparece un tipo que ni saluda ni se presenta: es un joven con aspecto de vendedor que habla rápidamente mientras va escribiendo los números que cita en una pizarra, como si hablara para analfabetos. Nos explica que tenemos que llamar, durante siete horas diarias, a personas para convencerlas de que se hagan de una determinada compañía de acceso a Internet: si no tienen Internet, pues que lo tengan; si lo tienen con otra compañía, pues que se pasen a ésta y si lo tienen con ésta, que cambien la opción que tienen contratada por otra más cara. Hasta ahí lo de la "estafa". Ahora viene lo de "estafar al estafador". Nos asegura que paga los sueldos más altos del sector y se pone a contar-dibujar un complicadísimo esquema de cobro por comisión en función del tipo de contrato que consigamos del sufrido oyente, que, a la cuenta de la vieja calculé que no llega al sueldo mínimo, a no ser que hagas una cantidad de contratos casi imposible de alcanzar.
La cuestión es que si no llegas a un mínimo de contratos al mes, te vas a la calle y en los meses de prueba no se cobra comisión. Eché un somero vistazo al interior de la sala de trabajo cuando se entreabrió la puerta, lo suficiente para ver un lugar pequeño, totalmente interior y con un aspecto tan insano como deprimente, en el que había más gente trabajando de la que cabía; sin embargo, buscaban más y, meses después, aún siguen haciéndolo. La explicación no puede ser otra que el relevo mensual o trimestral de cada trabajador que, a pocos contratos que deje hechos es fácil imaginar el chollo que supone para la empresa.

El último libro de Günter Grass tiene un capítulo dedicado a este sector: él no sólo realizó la entrevista de trabajo sino que, de hecho, estuvo trabajando allí varios meses de "infiltrado". Merece la pena. Sólo apuntar un hecho que, en ésta y otras entrevistas parecidas, me ha llamado la atención: a los aspirantes a estos trabajos infrapagados se les trata con una falta tan de educación que creo que es deliberada: no se saluda, no se da la mano, si son varios y hay que desplazarse se les pide que lo hagan en fila india y cosas así, como si la humillación fuera una premisa previa, igual que en el Ejército.


lunes, 14 de febrero de 2011

Ayudas tardías

En España hay un millón de familias en las que los dos miembros de la pareja están en paro, bien con hijos menores de edad, bien con hijos también en el paro. Teniendo en cuenta que hemos pasado de la sociedad del bienestar a la de penuria en cuestión de días, como quien dice, una puede imaginar que una situación así goza de todas las ayudas posibles por parte del Estado, pues ¿qué situación hay de mayor precariedad que ésa? Pues bien, los políticos que no quisieron y los que no supieron prever la crisis siguen estando en la inopia, hasta para esto. No se tiene en cuenta en absoluto que esa situación afecta a familias que hasta hace muy poco ingresaban un buen sueldo o dos sueldos (buenos, malos o regulares) y que, por tanto, digamos que son "pobres recientes", de modo que, no sólo las administraciones no han conseguido ponerse de acuerdo ni siquiera en el asunto más sensible provocado por la crisis, el del paro, dando una información completa y centralizada (tanto respecto a ayudas como a subvenciones, información sobre empleos, autoempleo, etcétera) sino que, para colmo, cuando se solicita una ayuda del tipo que sea lo primero que se exige es la declaración del IRPF del año anterior. Así que sólo tienes derecho a la ayuda de que se trate si ya la necesitabas hace un año; si la necesitas ahora, por muy urgente que resulte, tienes que esperar al año siguiente. En definitiva, si eres un nuevo pobre, tendrás que esperar a ser un pobre de solemnidad, que se decía antes, para que el Estado te eche una mano, probablemente demasiado tarde, porque sin la ayuda familiar, hace falta menos de un año para pasar de tener una cuenta en un banco a dormir en su puerta
¿No es absurdo? ¿Es que no hay forma de que nuestros políticos vean la realidad cara a cara? ¿No hay manera de que la burocracia se adapte a la situación real de la ciudadanía?
Pues no.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Padres en paro

Estoy convencida de que la crisis económica tiene aspectos positivos. Estar parado es haber sido detenido pero, aunque sea a la fuerza, detenerse es positivo: permite la reflexión, induce a replantearse cosas que se habían dado por hechas, a cambiar de sueños y buscar nuevas oportunidades. Bueno, pues entre los aspectos positivos que he observado es que la crisis (el paro) ha forzado a muchos hombres a ejercer de padres como antes ni lo hubieran imaginado. 

Es un fenómeno nuevo: cada vez se ven más hombres ocupándose de sus hijos. Antes podía hablarse de padres que pasaban más o menos tiempos con los niños, que compartían juegos, pero no que realmente se ocuparan de ellos. Ahora sí. De modo que no sólo es fácil encontrarlos, por ejemplo, a las puertas de cole, sino que ya no son, obviamente, meros taxistas, sino que hablan con otros padres o madres sobre los deberes de los niños, sobre qué meriendan, si les gusta o no la fruta, si se han peleado con su amigo del alma o han hecho nuevas amistades... y hacen comentarios a los hijos de los demás tipo "¡Vaya, Anita, qué mochila tan bonita te han comprado!" o "Jorge, ¿te han cortado el pelo, eh? ¡Pues estás muy guapo!"

Yo, francamente, nunca había presenciado escenas así antes. Y me encanta. Me recuerda una ocasión en que, siendo mi primogénita pequeñita, me preguntó a qué se dedicaba el padre de una amiga, al que siempre veía con ella, y le dije que estaba jubilado: "¡Qué suerte -dijo sin dudar- tener un padre jubilado!". Pues tener un padre en paro también puede tener ventajas para los críos... pero, desde luego, las tiene para ellos si en vez de sentirse frustrados por no cumplir con su supuesta obligación de ser el sostén familiar, aprovechan la oportunidad de ser de verdad padres.

lunes, 7 de febrero de 2011

El ambiente Inem

Voy a la oficina del INEM a notificar un cambio de domicilio. Me paso dos horas haciendo cola hasta que desisto. Vuelvo al día siguiente. La cola es también tremenda. Tengo el número 97 y van por el 50. Pasa el tiempo, mucho tiempo. Cuando llevo hora y media sin saber ya dónde apoyarme, recibo una llamada en el móvil: la compañía telefónica me avisa de que me corta la línea por falta de pago. Tengo, al parecer, una deuda de 30 euros. La faena es tremenda porque, para una persona en paro, el teléfono móvil es como un talismán: cada vez que suena, reaparece la esperanza de que sea alguien ofreciendo un trabajo. Así que me pongo a discutir, a pedir una solución, a proponerla y, mientras lo hago, salgo a la puerta para poder enfrascarme en la conversación con mayor libertad. Cuando cuelgo y vuelvo a entrar el número 97, en la pantallita, cambia al 98, mesa A. Me lanzo a la mesa A y encuentro a un hombre sentándose en ese momento. Es el que tiene el número 98, así que le digo a la funcionaria que atiende la mesa que tengo el número 97. "Lo siento pero, como ve, ya se ha sentado el siguiente. Tendrá que sacar otro número". Miro al 98, pero él mira hacia otra parte ignorándome por completo, mientras explico que sólo quiero notificar un cambio de domicilio, que es el segundo día que voy para eso, que llevo muchísimo tiempo esperando... El 98 sigue sentado, impasible, y la funcionaria empieza a irritarse, inamovible. Entonces, la funcionaria de la mesa de al lado, al tanto de la situación, pone en la pantallita el número 99, que tiene una chica, y me dice que si a la chica 99 no le importa, puede atenderme a mí antes. La miro suplicante y, antes de abrir la boca, ella corta con un "ni hablar" y se sienta. Le explico otra vez la situación y... "que no, me toca a mí y punto". No me queda sino tirarle mi número a los pies y marcharme llena de rabia.
Va a ser cierto que las situaciones difíciles sacan de uno lo peor que lleva dentro.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Desahuciadas

Constatado hasta la saciedad.
Encuentro casual con un hombre de 50 años.
- ¿Qué tal te va?
- Pues ya ves, me he quedado en el paro.
- Bueno, hombre, no te preocupes, con tu experiencia seguro que encuentras algo.
Encuentro casual con una mujer de 50 años.
- ¿Qué tal te va?
- Pues ya ves, me he quedado en el paro.
- Bueno, mujer, qué se va a hacer; mira, ahora puedes ya dedicar más tiempo a los hijos.

martes, 1 de febrero de 2011

Vértigo

La certeza de la propia caducidad es la causa, supongo, más importante de sufrimiento del ser humano. Para evitarlo, éste se aferra a las cosas, pero cuando comprueba en propia carne que todas esas cosas son también perecederas, el sufrimiento se hace realmente intenso... Bueno, de ese modo me explico yo la agonía que suele suponer el paro, porque paro es pérdida de cosas: de estabilidad, de despreocupación por el futuro, y de cosas materiales de las que, necesariamente, has de prescindir o de las que te ves privada (en el mejor de los casos, de las cosas que correspondían a un determinado nivel de vida y, en el peor, de tu hogar o los medios de subsistencia). Por eso, el paro no hace sino enfrentarnos crudamente a la propia fragilidad: eso de que las cosas que constituían tu rutina se vayan al traste, no deja de ser el recuerdo de que no tienes dónde apoyarte y de que, finalmente, tú también vas a desaparecer del mapa. No me extraña, por tanto, que cuantos parados he conocido tiendan a ver su problema, no como una situación puntual, sino que suelen plantearse toda su vida, pasada y futura, hacer balance de ella cómo si todos los días fueran Fin de Año; hacer lista de sus frustraciones, sueños rotos, oportunidades perdidas, las cosas para las que ya no queda tiempo...
Cualquier manual de ésos que pretenden enseñarte a ser feliz o a creer que lo eres, seguro que te dicen que no debes hacer eso de ningún modo. A mí esos llamados libros de autoayuda no me gustan nada: primero, porque mienten (la ayuda te la da el autor del libro, por eso lo pagas comprándolo) y, segundo, porque no soy partidaria de evitar el dolor ni ninguna otra sensación desagradable por si mismas, ni de considerar la felicidad como una obligación. No obstante, estoy de acuerdo, en este caso, en que conviene evitar ese tipo de balances vitales, pero no para no sentirse mal, sino porque ese malestar es totalmente inútil y, sobre todo, porque una situación angustiosa, como el paro, no te permite tener la mente suficientemente despejada para hacer algo tan trascendente. Es como ponerte a medir la altura de un puente: si tienes vértigo, será mejor que no lo hagas mientras estés en el puente sino que esperes a bajar. Pues el paro produce vértigo.
Es como cuando te sucede una anécdota fastidiosa, pero uno piensa: será divertida cuando la cuente. Bueno, yo creo que el paro hay que afrontarlo así, preguntándonos cómo veremos esta etapa de nuestra vida cuando haya pasado, y probablemente llegaremos a la conclusión de que la veremos, precisamente, así, como una etapa más de nuestra vida y que, como cualquier otra, lo importante es que haya algo divertido que contar de ella o, por lo menos, algo que contar, aunque no sea divertido. ¿Será por eso que estoy yo aquí escribiendo todo este rollo?

domingo, 30 de enero de 2011

Acera de sol y acera de sombra

Una de las características de esta crisis es que ha sido tan rápida y es tan profunda que afecta a un amplio sector de clase media que, hasta hace muy poco, jamás imaginó que su situación iba a decaer tan profunda y bruscamente; ese tipo de personas para las que la posibilidad de hacer cola en Cáritas o, incluso, tener que mendigar, resultaba más estrambótica que ser agraciado con el gordo de la lotería. Sólo hay que echar un vistazo a los nuevos mendigos que pueblan las aceras: ya no son rumanos, ni drogadictos o alcohólicos, ni enfermos mentales... A éstos se han unido personas que podrían ser nuestros vecinos, hombres y mujeres que ponen un cartel a sus pies y miran al suelo avergonzados, que nunca se hubieran imaginado en tal situación. Sin llegar a eso, muchos otros han pasado de vivir en un chalet de lujo a tener que refugiarse en casa de sus padres (es mi caso) o cambiar la urbanización por la barriada, el pisito del centro por un piso compartido, el Hipercor por el Día, la preocupación por la moda por la de pagar los libros de texto de los hijos... en definitiva, sufrir un cambio radical de vida, de preocupaciones y de espectativas. Evidentemente, muchos más miembros de esa clase media están ya condenados y seguirán ese camino en los próximos meses o años. Estas personas, entre las que, de algún modo, me encuentro, descubrimos aspectos de la vida que no conocíamos y vivimos en primera persona situaciones que nos resultan nuevas.
Pues bien, como periodista, no me resisto a contar algunas de ellas. Al fin y al cabo, ¿no es un privilegio para una periodista conocer de primera mano una noticia... y no es el paro y cuanto le rodea la principal noticia de este confuso y desesperanzador tiempo?
Ignoro a quién pueden interesarle mis experiencias, pues muchos, desgraciadamente, las comparten y otros quizá prefieran ignorarlas. Pero aquí estarán las anécdotas y reflexiones de quienes hemos pasado de la acera de sol a la de sombra.